miércoles, 11 de noviembre de 2009

Primera Mesa en "Maracaná Sur"



"Que infortunio, Matías, cuanta injusticia / tener que esperar que llueva pa ser noticia
Cruel destino, Matías, el de los pobres / tener que perder lo poco pa que los nombren
Que tristeza, Matías los inundados / ¿Cuánto crees que demoren en olvidarlos?
Cuando abajen las aguas quedará el barro / y en el barro Matías solo y pensando
Esperando..."
Canción para Juan Matías (Larbanois-Carrero)

En términos formales "Maracaná Sur" es un asentamiento irregular ubicado en la zona 17 de la ciudad, al noroeste del Cerro de Montevideo. En términos oficiales, seguramente por irregular, apenas existe. Pero en términos más humanos es un lugar sumamente inundable donde viven más de 100 familias pobres, y donde se ven muchos niños cubiertos de barro cada día aunque no siempre llueva. Paradójicamente, los términos más humanos no son los más aceptados pero los preferimos porque son los más cercanos.

Fue en este barrio donde el sábado 31 de octubre pasado comenzamos la segunda etapa del proyecto del "techo", la etapa de Habilitación Social. Y fue la primera Mesa de Trabajo tanto para los vecinos del barrio, como para nosotros, los coordinadores. Para todos un gran desafío, teníamos miles de dudas de cómo encarar una reunión donde apenas nos conocíamos unos a otros.

Eso sumado a que desde el principio nos sorprendió la escasa unión entre los vecinos. Nos sorprendió al punto que ni siquiera existe esa figura típica de barrio que declara "a mí acá me conoce todo el mundo", más bien la frase más repetida era "acá cada uno hace la suya". Un comienzo difícil, pensamos, nada más había que ver las caras de los vecinos cuando les preguntamos por la existencia de una comisión, que antes existía pero con muy poca popularidad.

El día anterior a la mesa, nos desayunamos con la grave noticia de que las duras lluvias del viernes habían obligado a varios vecinos a abandonar sus casas porque la cañada se desbordó. Lejos de perder las esperanzas, capaz que por la desesperación y la indignación que provocó esto, varios vecinos (muchos más de los que esperábamos) se juntaron a pesar del mal tiempo y a pesar de que usamos una de las "calles" como lugar de reunión a falta de uno mejor. Si hay que sacar algo positivo de la inundación, es que provocó más unión en un barrio que de integrado tiene poco.

Claro que la situación es de emergencia, hubo casas del techo que se inundaron y varias familias fueron evacuadas, hasta los noticieros se hicieron presentes y ojalá que las autoridades también lo hagan. Pero lo mejor es aprovechar este pequeño brote de ganas en la gente para alentarlos a que busquen las soluciones por ellos mismos y no sigan esperando sólo soluciones "de arriba". A veces no sólo las nostalgias deportivas de un pasado "Maracanazo" nublan la visión hacia adelante. Para nosotros se trata de una linda oportunidad para acompañar el proceso de los vecinos que buscan un mejor barrio, y poner la mirada en un futuro "Maracanazo".
Después de la reunión, vimos que hay muchas esperanzas que renacieron, un sentido de comunidad que se hizo visible y proyectos que nos va a costar concretar pero que se pueden hacer realidad.

Ante esta realidad adversa pero con esa chispa de esperanza, nuestra alma de voluntarios no puede dejar de ser optimista. Sería Benedetti quien quizá diría "con los pies en el barro y la mirada en el horizonte". Sabido es que caminar hacia el horizonte es más difícil en el barro, pero apenas empezamos a caminar y ya nos sentimos en terreno más firme.

Erik Koleszar
María Paz Mangado
Coordinadores Maracaná Sur

Obtenido del blog de "Un Techo Para Mi País"

jueves, 22 de octubre de 2009

Entre la gratuidad y la responsabilidad

Algunas cosas que pasaron en este último tiempo y algunas reflexiones compartidas me han hecho pensar en el tema de la gratuidad. Y qué bueno que las cosas que pasan y las cosas que hablamos digan algo, nos dejen pensando, nos cambien la mirada o nos reafirmen viejas convicciones.

En estos meses han partido a la casa del Padre personas que quería mucho, de las que he aprendido a ser Iglesia, a vivir la fe, a trabajar y reflexionar con otros, a comprometerme y creer en esa “civilización del amor”. Al enfrentarme a estas muertes me indigno, lloro, no entiendo. Es que de quienes tanto dieron, tanto entregaron, tanto nos enseñaron, uno siempre quiere más. Entonces después viene el sentir que hay que hacer algo para continuar lo que ellos hacían, que hay que seguir en ese camino, en esa lucha, para que permanezcan entre nosotros. No niego que algo de eso hay si uno siente que lo que recibió de esa gente es muy valioso. Pero ¿por qué vivirlo como una “carga”? ¿por qué me siento “en deuda”? ¿Sus vidas no fueron acaso un regalo?

Más recientemente me encuentro con dos nacimientos. Vidas nuevas que se asoman, trayendo consigo historias algo tristes, dolorosas. Historias que no se borran, que marcan. Pero vidas que son queridas y amadas. Esos niños son puro regalo. Son una invitación a seguir eligiendo la vida cada día. A pesar de todo ellos están ahí, nos miran, nos piden que los amemos, nos imploran que estemos con ellos. Y sus madres acompañan, aman... como pueden y desde donde pueden.

Con todo esto llego a un retiro en el que con el grupo reflexionamos sobre el perdón, sobre el Dios compasivo, sobre la misericordia. Es que creemos en un Dios que es bueno, en un Dios que perdona porque nos ama, en un Dios que es como ese Rey que perdona a su deudor sin pedir nada a cambio. Un Dios que no entra en nuestras lógicas de eficiencia y eficacia, ni de cálculos de rentabilidad. Un Dios compasivo, que nos revuelve todos nuestros esquemas y que sigue siendo aun para nosotros “escandaloso”.

Entonces me miro... Miro la manera en que me relaciono, en la que doy y recibo. Miro mis primeras reacciones frente a la muerte de estos que forman parte de mi nube de testigos. Y me miro frente a la vida regalada de esos niños... y me pregunto ¿por qué me siento en deuda frente a lo que me dan gratuitamente? En nuestra formación cristiana solemos aprender bien que hay que dar a los demás, que hay que entregarse, hacer cosas por otros. Pero no siempre nos enseñan que también vale recibir sin deber nada. ¿No nos ama Dios sin pedirnos nada a cambio?

Entrar en la dinámica de Dios nos exige desarmarnos de ciertos esquemas. Nos exige no “sacar cuentas” de lo que recibimos y lo que damos. Nos exige dar gratuitamente y animarnos a recibir gratuitamente. Es aceptar el regalo de las cosas lindas que vivimos, de los compañeros con los que compartimos tareas, charlas, vida. Es permitir, sin sentirme en deuda, que me tengan la comida pronta o me preparen un buen mate. Es dejarme acompañar por otros.

En la gratuidad de lo que se da y lo que se recibe hay un encuentro. Y es ese el encuentro que vale, que nos transforma, que nos invita a caminar, a elegir la vida. Por eso cuando pienso en gratuidad, no se trata de vagancia o dejarse estar. Se trata sin duda también de responsabilidad. Elijo vivir así, elijo entrar en esta lógica. Dios nos invita a colaborar con su proyecto y yo elijo colaborar con él, responsablemente pero asumiendo la gratuidad de su amor por nosotros y su regalo del Reino.

Entre esa gratuidad y responsabilidad quiero asumir lo que tantos me han regalado. Entre esa gratuidad y responsabilidad quiero vivir mi vida. Entre esa gratuidad y responsabilidad quiero asumir también este viaje... Es la necesidad de un cambio, un paso para asumir otras cosas; pero será también un regalo, en cada recorrido, en cada encuentro.

viernes, 16 de octubre de 2009

Estar disponible

Mientras escucho al, dicen que probablemente, próximo presidente de los uruguayos, sus palabras me hacen meditar en las cosas que pasaron este find pasado. El Pepe dice que su forma de vivir sencilla, sin muchas cosas, es para poder hacer lo que le gusta y estar donde el quiere el mayor tiempo posible. No puedo dejar de identificarme con esto, y aunque capaz q al Pepe no le gusta forma parte de mi foto del día por su pensamiento bien "a lo Jesús".

Es que, como dice Nacho, somos las personas más ricas cuando dejamos todo para estar donde queremos y encontrarnos con los que más nos esperan. Y eso se agranda mucho más cuando los tiempos y los planes no nos apuran, cuando no vivimos para ellos.

Fue un fin de semana lleno de encuentros en varios hogares, que a esta altura son nuestros porque desde la bienvenida nos hacen sentir como en casa. Tan en casa que a veces nos salteamos las presentaciones, como presintiendo que nos conocemos desde hace mucho tiempo a pesar de que por primera vez nos estamos viendo las caras. ¿En qué andará pensando Dios cuando nos quiere encontrar tanto? me pregunto. Y siento que algo me responde, nos responde: no olvides disfrutar del viaje, que ya empezó y es parte de la meta.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Echar las redes...

Hoy leía un artículo invitando a dejar los buques seguros y volvernos a subir a la barca, y hablaba de navegar en la barca y de echar las redes. Y me gustó esa imagen de echar las redes como salir al encuentro de otros, involucrarse con los dolores, historias, anhelos de otros. Echar las redes no es echar el ancla para quedarse en un lugar. Echar las redes implica estar navegando, implica estar en búsqueda. Echar las redes involucra a otros que echan las redes conmigo. Echar las redes es también dejarse sorprender por lo que podemos recoger.

Pienso que este tiempo de viaje tiene mucho de echar las redes. No es necesario aclarar que nos estaremos moviendo, “navegando”. Pero no es un navegar donde nos preocupemos sólo por el barco y por el clima. Es un navegar echando redes. Es andar involucrándonos con la realidad que nos vamos encontrando. Es salir al encuentro, hacernos parte de otras vidas, otras historias. Es escuchar a Jesús que nos dice “echen las redes en aguas más profundas”. Y es animarse a ir mar adentro, allí donde hay dolor, donde hay hambre, donde hay vidas que no cuentan para nuestras sociedades, y allí donde hay sueños, donde hay signos de otro mundo posible, allí donde está Dios.

Hoy mi vida tiene mucho de buque seguro, al que apenas le caen algunas gotas del mar. ¡Cuánto deseo cambiarlo por esa barca! Y cuánto cuesta no cargar a escondidas algún ancla. Pero pesa mucho y confío que esta vez no vendrá en mi mochila.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Despojarse


"Si quieres ser perfecto, deja todo y ven y sígueme" algo así le decía Jesús al joven rico. ¿Cuántas excusas habré puesto tantas veces al leer este pasaje? Muchas veces me he preguntado porqué hay enseñanzas de Jesús que se toman muy literalmente (y se defienden a capa y espada) y porque hay otros que relativizamos tanto, pero no es de lo que quiero hablar ahora.

El proceso de un día empezar a pensar, con verdadera consciencia, en un "dejar todo" empezó a vislumbrarse en mi viaje a Bolivia. Seguramente había algo interno trabajando hace tiempo, pero surgió a la luz entre conversaciones comunitarias. Algunas conversaciones traian consigo comentarios flexibles -"Yo a mis 60 estoy mucho más atado que vos..."- otras, fiel a su estilo, eran mucho más radicales -"No es tiempo de atarse, sino de desatarse". Ambas tuvieron un gran efecto en mi, y no podía dejar de preguntarme: ¿Es lo que realmente quiero asegurarme el futuro? ¿Son la carrera, la vivienda, realmente las cosas que necesito asegurar? ¿Qué pasa con mis sueños de felicidad? ¿Seré más feliz en un futuro estable o en la incertidumbre del lugar donde quiero estar?

Y mientras me bombardeaban las preguntas, fui descubriendo las alegrías de andar sin ataduras. Una de las cosas más increíbles es, al tener poco, valorar cada encuentro, cada momento, cada regalo, cada comida como el mejor o las mejor de todas. Eso que te hace decir: "No tenemos nada, pero tenemos Todo" como decía Nacho. Es que recibir algo, por más pequeño que sea cuando te despojas de todo, es recibir algo perfecto. Sólo así es que se entiende la felicidad de Wilson y Enrique (en la foto) que te dejan sin palabras de la emoción. Porque así como me hace de feliz el recibirlo, mejor me prepara para darlo y multiplicar la felicidad con otros.

Y lo que más me atrapa, es la libertad de andar sin ataduras, sin compromisos, sin cronogramas, sin esquemas, para poder estar donde siempre donde más se necesita, para estar disponible en todo momento a la llamada del Flaco. No se trata de desligarse de las responsabilidades, sino por el contrario, de estar 100% disponible a lo que Dios soñó para mí.

Llegó la hora de desatarse, y hoy espero que sea por mucho tiempo...